Un toblerone a tiempo…

tobleroneLa única vez que he robado algo en mi vida fue a la edad de 10 años, un agosto en Magaluf (Mallorca), donde pasaba las vacaciones con mi familia en un complejo turístico. Todas las tardes nos reuníamos, mis hermanos y yo, con el grupo de niños y niñas que allí habíamos coincidido. ¡Cómo nos divertíamos, jugando,  tomando helados y comprando tebeos y chucherías! Nos gustaba frecuentar una de esas tiendas tan típicas en la costa en las que encuentras de todo y que siempre están abiertas. Chanclas, pamelas, novelas de bolsillo, colchonetas hinchables, postales…Algo así como la versión nacional y de mucha mejor calidad de los bazares chinos que más adelante invadirían las calles de todas las ciudades españolas. Una tarde, como era habitual, entramos en dicha tienda. Mis hermanos y yo compramos varias cosas: algunos tebeos y chucherías de nuestro agrado. tobleroneAl reunirnos con la cuchipanda se rieron de nosotros. Éramos, al parecer, los únicos que habíamos pagado en caja. Estupefactos, miramos hipnotizados el botín mangado por cada cual. Daba para llenar varias bolsas de chucherías. Hubo quien se había agenciado un especial de verano de Mortadelo y Filemón, metiéndolo bajo la camisa. ¿Cómo habían sido capaces? ¡Qué vergüenza, madre mía! ¿No les daba miedo que los pillaran in fraganti? ¿Que se enterasen sus padres? “Vas a ver cómo se hace”, me dijo el más veterano. Y regresé con él a la tienda para la demostración. “Tienes siempre que pagar un chicle o alguna cosa pequeña, que no te cueste mucho”, me aconsejó mi maestro. “Así el dueño nunca sospecha y te llevas lo que quieras. Animada por su ejemplo cogí una bolsa de pipas que valía cinco pesetas y me guardé un toblerone en el bolsillo del peto. tobleroneRoja como una cereza, el corazón me galopaba en el pecho. tobleroneSin poder mirarlo a la cara, le di el duro al que cobraba. “Deja la chocolatina en su sitio o se lo digo a tus padres”, me espetó, muy serio. Mi maestro descuidero había salido pitando. Sola y aterrorizada, abandonada por todos, dejé sobre el mostrador el fruto de mi rapiña y las pipas ya pagadas. Lo único que deseaba era poner tierra por medio entre aquella infausta tienda y mi persona. Menos mal que de mi estrepitoso fracaso como aprendiz de ratera jamás se enteraron mis padres. Me hubieran encerrado, a buen seguro, en algún correccional. El escarmiento de aquel suceso me ha durado  toda la vida. Jamás he vuelto a coger nada que no fuera mío.

Está claro que ninguno de los Pujol metió nunca un toblerone en su peto.toblerone

 

 

Deja una respuesta

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *