El trocito de cabeza que se queda sin lavar

cabezaAyer fui a la peluquería. Me puse el tinte y me corté un poco las puntas. Mi momento preferido es siempre cuando me lavan el pelo. Adoro que me froten la cabeza con la máxima energía. A tope. Unos buenos restregones en el cuero cabelludo me dejan feliz y relajada. Pero jamás tengo suerte. Los peluqueros/as, supongo que por temor a fastidiar al cliente/a, lavan con manos de trapo. Aborrezco esas manos de bebé posadas sobre mi cabeza. Quiero un gorila furioso friccionándome la chola. cabezaA veces encuentro un ángel que me devuelve la esperanza y me hace recuperar la fe en el gremio peluqueril. Moja mi cabeza, vierte el champú y comienza a restregar con vigor. ¡Por fin! pienso, repantigada en el sillón. Más fuerte, más fuerte, sigo pensando, sin atreverme a decirlo. Me da un poco de apuro que me tomen por una fetichista loca. Por mí, que me desolle el casco, ¡qué placer!. Entonces viene lo malo. Masajea enérgicamente casi toda mi cabeza salvo un pequeño trocito. Le mando un mensaje angustioso, por telepatía: ¡FRIEGA BIEN ESE TROCITO, QUE ME PICA, QUE ME PICA MUCHO! La cara se me descompone. Me retuerzo en el asiento. El cuello se me distorsiona, de la intensa agitación. Y el peluquero/a en Babia, charlando hasta por los codos. El mundo desaparece y todas sus sensaciones, excepto el picor horrible del islote solitario que ha quedado sin rascar. Me tengo que reprimir con toda mi voluntad para no agarrar las manos del maldito/a peluquero/a e incrustarlas sobre el trocito olvidado para fregarlo a conciencia. Espero, agonizando, la llegada de la crema suavizante, por si cayera la breva. ¡MALDICIÓN, SIGUE LO MISMO! Frota con fuerza el terreno ya frotado, pero me deja el infernal trocito de cabeza sin tocar. El picor me está matando. cabezaNo  puedo aguantarlo más. Acabo rascándome yo con furia de endemoniada. Hinco mis uñas a fondo en el trocito de marras. Acabo por hacerme daño, pero me importa un comino. Me secan, me peinan, termino, pago, digo adiós y salgo con un cabreo tremendo. La cabeza lacerada, de mi propio frenesí rascador, que no me calma. cabezaQuiero las manos del peluquero/a amasando brutalmente mi cabeza, no las mías. Sigo, pues, mi búsqueda de El Dorado: la peluquería perfecta donde nunca me dejen un trocito sin lavar.

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