La máquina de ligar

La máquina de ligar

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Uno de mis pasatiempos favoritos es escuchar las conversaciones de mi vecina mientras preparo la comida. No es que yo sea una cotilla redomada. Mi natural ensimismamiento, ese ramalazo Asperger, me hace tender, precisamente, a todo lo contrario. Pero sucede que la ventana de su cocina da justo frente a la mía, separadas por un patio interior. Ella habla tan alto que, a menos que me ponga los auriculares inalámbricos a todo volumen, es imposible no oírla. Oir no es igual que escuchar, es cierto. Son verbos que mucha gente utiliza como sinónimos, sin tener en cuenta la intención. Comencé, hace ya años, oyendo a mi vecina sin yo quererlo, molesta por la imposición acústica de la forma de hablar que estila, a voz en grito. Debo confesar que en…
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