Probando montañas rusas

Probando montañas rusas

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De chica yo quería ser quiosquera. Para mí, la felicidad soñada era estar metida en un quiosco rodeada de tebeos. Recluida en esta burbuja de lectura interminable quería yo pasar mi vida. No era una profesión descabellada, supongo. Dueña y señora de mi quiosco con una única clienta: mi menda. Porque eso sí, nada de interrupciones que me sacaran de mis lecturas para vender un chicle a un molesto niñato o el Diario 16 al cajero de Banesto. Con los ojos de la infancia convertimos lo común en extraordinario. Me pregunto por qué al crecer perdemos esta maravillosa facultad. El niño que iba a ser domador de elefantes salvajes de la selva acabará seguramente de registrador de la propiedad, La niña que desea ser croupier de blackjack  jamás repartirá cartas…
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