El señor Darcy versus el hombre cotorra

¿Qué tiene Fitzwilliam Darcy, el protagonista masculino de la novela Orgullo y prejuicio, de Jane Austen, que tanto nos atrae a algunas mujeres? Muy sencillo: es rico, guapo, joven y habla poco. Estas tres bondades que lo adornan son un cóctel mólotovn irresistible para féminas de espíritu exquisito. ¿Es inteligente el señor Darcy? La novela no me ofrece muchos datos, la verdad, pero confío plenamente en el buen criterio de Elizabeth, de modo que tiendo a pensar que sí.Darcy

Un hombre de posibles resulta muchísimo más atractivo que ese mismo hombre sin posibilidad ninguna. Es un hecho irrefutable. ¿Da, acaso, lo mismo vivir en una mansión de lujo, rodeada de jardines, con mayordomo y sirvientas, que vivir en un piso interior de protección oficial con 30 metros cuadrados? Noooooo.Darcy

¿Da lo mismo tener al lado a un adefesio calvo y fofo que a un adonis musculado de manera natural (no queremos schwarzeneggers), más bonito que un San Luis? Nooooooooo. Y quien diga que sí, se merece lo que tiene.

Eso sí, todas estas cualidades que al alimón hermosean la imagen de cualquier hombre y lo hacen resaltar de entre una multitud de varones en edad de merecer, no son nada si no van acompañadas de otra fundamental. Para ser realmente un partido, para que la comunión sea perfecta, es imprescindible que el sujeto HABLE BIEN POCO. Un lacónico varón es una joya impagable. Fortuna y belleza en una cotorra rompen el hechizo. No hay nada peor que uno de esos hombres cotorra que hablan y hablan durante horas sin parar. ¡Cómo detesto esa facundia masculina! La verborrea incesante de estos loros me pone de los nervios. Cuando me topo con alguna de estas metralletas de la cháchara quisiera ser Úrsula, la Bruja del Mar, para dejarlos mudos de repente, y librar al mundo del suplicio.Darcy

Así pues, nuestro hombre ideal sería un varonil patchwork en el que estarían unidas inseparablemente una fortuna incalculable (solo acepto un dólar menos que Bill Gates), una fachada espectacular (en la línea clásica del  Apolo de Belvedere, alejado  del molesto metrosexual de hoy en día ) y una innata disposición al silencio (comparable a un trapense afónico).Darcy

 

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