Por qué Montesquieu está equivocado y yo tengo razón

MontesquieuMontesquieu  (cuyo nombre completo, así a pelo, solo recordamos cuatro gatos, etre ellos yo, gracias a las maravillosas “conexiones patateras” que acostumbro a establecer en mi cabeza: Charles-Louis de Secondat, barón de Montesquieu / Carlos-Luis del dato seco) enunció los tres poderes clásicos del Estado: ejecutivo, legislativo y judicial.

Después se han ido apuntando a la lista, siguiendo el orden, el cuarto poder (medios de comunicación) y el quinto, que se aplica a fenómenos tan distintos como la intervención económica del Estado sobre el mercado y a los nuevos fenómenos sociales surgidos en torno a Internet. He leído incluso que también se le llama quinto poder a la delincuencia organizada. Hay quien atribuye el sexto lugar al poder corporativo de los grandes imperios empresariales.

MontesquieuSegún esto, hasta el séptimo lugar no tengo hueco para meter el tema central de este post: el primer poder es el cine, diga lo que diga Montesquieu y los que detrás vinieron.

Y es que el cine determina la vida cotidiana de las personas muy aficionadas. Como yo. Es, sin lugar a dudas, primerísimo poder. El poder del cine es tal que modifica más conductas que Pavlov.Montesquieu

¿Acaso no merece el lugar central en el podio el que llaman séptimo arte (¡¡¡¡otra vez el número siete!!!!) cuando, por su influjo, me tengo que duchar con la puerta cerrada con pestillo y atrancada con una barra de dominadas, siempre mirando de hito en hito, aterrorizada, a través de la borrosa mampara de baño, sin atender adecuadamente el correcto enjabonado de mi cuerpo? Y a pesar de estas medidas de seguridad (a veces, a la barricada, añado la cesta de mimbre de la ropa sucia), cada vez que me ducho veo con horror cómo se abre la puerta de mi baño lentamente y asoma, por un resquicio, el cuchillo de cocina de Norman Bates, ataviado como su difunta madre.Montesquieu

Montesquieu¿Sois capaces de negarle el primer puesto entre todos los poderes poderosos al cine, que ha hecho que desde los 70 solo me moje los pies en la playa sin osar meterme en el mar ni siquiera la barriga? Es de todo punto impensable que yo me bañe en el mar desde que vi Tiburón, la película de Spielberg. Tendría que venir Ben-Hur con su cuadriga, atarme con una soga y arrastrarme mar adentro en plan esquí acuático. E incluso en este hipotético escenario hundiría los brazos tan profundamente en la arena que con la fuerza de mi desesperación abriría una sima tan honda como para engullir auriga, corceles y a mí misma, acabando así, de un plumazo, con mi miseria. Con solo acercarme a la orilla ya me entra taquicardia. Un terror incontrolable me obliga a otear el horizonte como loca,  buscando la aleta asesina.Montesquieu

MontesquieuEl cine (entendido en sentido amplio, como películas, las veas en una sala de proyecciones, en la tele o en cualquiera de los dispositivos modernos) tiene el poder de quitar y poner cuando le viene en gana. Me dio el deseo vehemente de embarcarme en un romántico crucero también en los años 70, cuando estaba enganchadísima a la serie Vacaciones en el mar (Love Boat). En los 90 James Cameron, con su catastrófica Titanic, me quitó las ganas de por vida (pensad en el doble trauma que padezco: me monto en un barco que naufraga, caigo al mar y allí soy pasto de los tiburones).Montesquieu

Me es imposible tener a un calvo delante, en el bus, la cola de una tienda o el sitio que sea. Es ver una nuca de calvo y me quedo hipnotizada, especialmente si está gordo. Y si lleva una tirita llego al paroxismo. La nuca de Marcellus Wallace me trastorna la cabeza y tengo que sujetarme para no inflarlo a collejas.Montesquieu

No puedo ponerme un poncho sin calarme un sombrero vaquero y, aunque jamás he fumado, solo en estas ocasiones clavo un puro entre mis dientes. De esta guisa, con el ceño muy fruncido, salgo de mi casa imitando los aullidos de un coyote.Montesquieu

Siempre corro las cortinas del salón cuando voy a estar un rato. Evito, así, la tentación de mirar al edificio de enfrente y sorprender a un vecino asesinando a su esposa. Esta obsesión alcanzó límites patológicos los días que tuve un esguince.Montesquieu

Cuando alguien come espaguetis a mi lado no pierdo de vista su panza, esperando, espantada, el fatídico momento en que un asqueroso parasitoide de mandíbula retráctil le rompa el cuerpo y desparrame sus vísceras sobre mi cara.Montesquieu

Como podéis comprobar soy monigote a su merced, un zombi sin voluntad, víctima del celuloide, que me tiene sometida. Soy cordero reincidente porque repito y repito, sin parar de ver películas. Me apuesto el cuello a que, como yo, hay muchas personas más, pero no dicen ni pío por no ser tachadas de raras. De ahí que Montesquieu se equivoque por completo.

 

 

 

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