Mi perro se llama Pinky

Es un chihuahua de pelo largo, color beige clarito, con ciertas partes tirando a ámbar. Comparte con animales de otras especies algunos caracteres que, sin embargo, para mí, lo hacen singular: una cola tiesa, como un plumero, similar a la de un pavo real, pero en versión perruna. En su cara pequeña, alrededor de los ojos, un poquito saltones, se aprecia un antifaz de pelo más oscuro, que recuerda a los mapaches, y le confieren una cierta melancolía. Sus patitas, tan cortas, me recuerdan los brazos de un canguro, aunque sin las uñas tan largas de estos marsupiales. Y las orejas, unos triángulos peludos y enhiestos, tienen algo de zorruno. Va a cumplir 10 años y hace poco le diagnosticaron un serio problema en las válvulas del corazón. Por circunstancias de la vida ya no vivo con él, aunque lo veo cada cierto tiempo.  Esto me llena de alegría. Me gustaría saber exactamente qué días voy ver a Pinky. Así podría preparar mi corazón y disfrutar de mi dicha con antelación, como el zorro esperando al Principito.

Me acuerdo de Pinky a diario. Al principio, cuando me enteré de su problema de salud, con mucha preocupación y congoja, temiendo por su vida a cada momento. Pero la vida, que siempre es maravillosa, me ha dado un respiro y, por fortuna, el tratamiento del veterinario está dando resultado. Pinky, mi querido chihuahua, sigue ladrando al viento en cada salida, corretea a las palomas en cuanto se le presenta la menor oportunidad y se encara, desafiante, con cualquier perro que se atreva a poner en tela de juicio su lema favorito, tomado de la conocida ranchera “El Rey”: “hago siempre lo que quiero y mi palabra es la ley”.

Ranchera El Rey, en honor de Pinky

Hace un tiempo, en un post que titulé “Los animales sí van al cielo” escribí sobre la certeza que tengo de este hecho. El Cielo sin Pinky no sería Cielo, sería un lugar sin nombre en el que yo, con toda seguridad, no querría estar. Comparto con el resto de mortales el no saber la fecha de mi muerte. Ignoro, pues, si Pinky morirá antes que yo o después. Si muere antes, quiero que sus cenizas me esperen en algún lugar de mi casa hasta que llegue mi momento. Una vez muerta, y también incinerada, dejaré escrito en algún documento con la fuerza legal suficiente como para que mis allegados lo cumplan, que las dos urnas, la de Pinky y la mía, sean enterradas en algún lugar donde esto sea posible sin tener que discutir con nadie. En una Iglesia, lo dudo mucho. Ni se me ocurre preguntarlo. Doy ya por hecho que no lo van a permitir. Mejor en plena naturaleza, en algún rincón hermoso de los muchos que ofrece la Madre Tierra, que es la madre común de ambos.

Pero aún es pronto para ese hermanamiento de cenizas. Aún no me apetece. Quiero ver cómo Pinky brinca de alegría cada vez que me ve y me chupetea los tobillos con su tibia lengüilla. Quiero enterrar mi cara en su cuello y comérmelo a besos, aunque sé que esto lo agobia pero me da lo mismo, pues soy incapaz de refrenar el impulso.

Y sí, lo echo mucho, muchísimo de menos. A veces se me llenan los ojos de lágrimas pensando que le pase algo malo, de manera repentina, y no esté yo allí en sus últimos instantes. Menos mal que enseguida descarto esas negras ideas, que en nada encajan con la esencia de mi perro, que es la pura alegría encarnada en animal.

«Una piedra
en el camino
me enseñó
que mi destino
era rodar y rodar…»

 

 

 

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