Lo que más me gusta hacer (I)

Que me pongan anestesia general. Me encanta. Todavía no he hallado la manera de administrarme a mí misma un buen chute y quedarme sin conciencia durante el rato que yo quiera. No tengo ni los conocimientos ni la logística adecuada. Ni siquiera sé si sería posible hacerlo yo sola, aun contando con la sustancia química adecuada y un título de médico anestesista. No podría respirar sin ayuda y necesitaría un respirador artificial. Es una lástima que la única manera de alcanzar este maravilloso estado de bienestar sea sometiéndose a cirugía. ¡Qué injusto es que te priven de la posibilidad de gozar de ese sueño profundo, de ese paraíso momentáneo durante el cual no sientes ningún dolor y, después, no recuerdas absolutamente nada!. No puedo imaginar algo mejor que hacer en cualquier época del año. Adoro perder la conciencia y no tener sensación de dolor. Ahora que voy a tener vacaciones quisiera disfrutarlas inhalando ese gas bendito que te administran después de la  inyección intravenosa. ¡Qué placer el respirar esos gases, qué regocijo cuando los absorben mis pulmones y mi torrente sanguíneo los  conduce hasta el cerebro y la médula espinal! Nunca quiero despertarme de la anestesia. ¿Por qué los enfermeros cabrones (o su equivalente femenino) se empeñan en arrebatarme felicidad sin igual?

Ahora que voy a tener vacaciones no hago más que dar vueltas a la cabeza a ver si se me ocurre de qué demonios puedo operarme, solo para poder disfrutar de ese lapso venturoso de desconexión completa. “Voy a desconectar” es el tópico manido que me hace vomitar. Lo que todo el mundo repite y ni siquiera sabe el significado de ese verbo. Yo sí. Fantaseo con la idea de donar algún riñón o incluso un pulmón. Son operaciones importantes, que durarían, supongo, por lo menos una hora. Tengo que hacer una lista de órganos y estructuras totalmente prescindibles. Me gusta el minimalismo en todas las facetas de la vida ¿por qué no aplicarlo también a la economía de órganos? La abundancia acaba siempre en desperdicio.

Inventarse cirugías que solo requieran anestesia local es mucho más sencillo, pero eso no me vale. En una simple limpieza de boca, si tienes mucha sensibilidad, pueden ponerte anestesia, pero claro, no te apagan la cabeza, que es lo que a mí me gusta. Ese momento perfecto en el que digo a mi cerebro  “hasta luego, cocodrilo, no pasaste de caimán” y soy yo quien tiene la última palabra: se apaga el interruptor y permanezco un ratito flotando en el olvido.

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