El indiscreto encanto de la vulgaridad

Siento una fascinación rayana en lo enfermizo observando a la gente ordinaria. El mundo está lleno de ella, especialmente la ciudad donde habito, hervidero chabacano de chonis y canis de la más baja ralea. Así pues, a lo largo de un día me surgen muchas oportunidades de solazarme con este divertido pasatiempo mío. ¡Ojo, que he dicho OBSERVAR! Al estilo entomólogo, sin tener que ver nada absolutamente con ellos.vulgaridad

Me encanta ir al mercado a comprar. No solo porque los productos son mucho mejores que los que podemos encontrar en cualquier supermercado, sino porque allí, entre los puestos, es posible encontrar insignes representantes del populacho más chocarrero y bajuno. Eso sí, para ir al mercado necesito un traductor (por lo  general, es mi marido quien intermedia entre las partes para lograr una comunicación fluida). Hablan castellano como yo, pero  deformado grotescamente por un acento espantoso, cercenadas las palabras hasta resultar irreconocibles y con un vocabulario total que no creo que llegue a las cien palabras. La mayoría de esta gente acompaña sus carencias verbales con una profusión de gestos, muecas y gritos. vulgaridadPara mí lo peor son las risotadas femeninas. Se me ponen los pelos como escarpias si oigo alguna deslenguada con los brazos en jarras soltar una risa-latigazo de arpía despechada. Me horroriza y me fascina al mismo tiempo. ¿Es posible ser tan vulgar? Sí, lo es. Cuanto más aristocrático sea un corazón, más notará el contraste con sus antagónicos allá donde viaje. Adoro observar, como he dicho, a estas personas.

Los mercadillos domingueros están sembrados de esta rústica calaña para mayor gozo y padecimiento de todos mis sentidos. Me resulta imposible entender nada de lo que hablan porque la mayoría son personas de etnia gitana, magrebíes, latinoamericanos y eslavos. vulgaridadDe tanto roce hay ocasiones que han fundido sus acentos y, por ejemplo, he notado últimamente que el dueño marroquí de uno de los puestos de baratijas ha incorporado a su corpus lingüístico los modismos de origen caló de uno de sus empleados, un gitano de hirsutas patillas que canta y palmea mientras vende la mercancía. ¡Viva el intercambio cultural! Dicen que de la mezcla siempre surge la mejora y una mayor resistencia. Claro que, digo yo, dependerá de qué o a quién mezcles, ¿no? Es como una receta de comida: si los ingredientes son de primera calidad y el cocinero es experto, el plato sale exquisito, pero, claro, si todo es del pelotazo y lo mezclas como Dj borracho…¡el acabose!

 

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