Familia numerosa 2

 

La familia es una institución que ha ido cambiando con los tiempos. Yo las he conocido de todo tipo: desde las biparentales, las más clásicas, con diverso número de retoños (biológicos /adoptados / nacidos por gestación subrrogada) o la pareja (casada o no) sin ninguna descendencia (con o sin perro/gato/canario/acuario con peces). También las he conocido monoparentales, de hombre o mujer solos (viudos o divorciados) con o sin hijos. Ya en tiempos más modernos he podido acercarme de primera mano a aquellas familias formadas por un él más él o una ella más ella, con o sin prole asociada.

El sábado pasado conocí un tipo de familia totalmente nuevo para mí: una mujer y sus zapatos. Era clienta de la agente inmobiliario que se encarga de mostrar el piso que estoy vendiendo. Vino sola, con un único par de zapatos, los puestos. De las tres visitas que acudieron esa tarde era, con diferencia, la más necesitada del asesoramiento profesional de la tríada dietista – entrenador personal- peluquero. Me dio dos besos nada más entrar, saludándome ostentosamente.  Es lo que hacen los desconocidos cuando, por caer simpáticos, se comportan como si te conocieran de toda la vida. La observé escudriñar cada cuarto una y otra vez, entrecerrando los ojillos de hurón, al tiempo que medía el ancho y el largo con una cinta métrica de IKEA que sacó de un bolsillo de su parka XXL. Sonreía bobamente mientras la agitaba en el aire como culebra muerta.

Viéndola tan afanada me picó la curiosidad pues, aunque mi piso es bastante amplio, todo le parecía pequeño e insuficiente para “sus necesidades”. ¿Cuántas personas vivirían? –  pregunté. Yo sola -contestó. – Pero necesito tres dormitorios, como mínimo, para mis zapatos. Además del trastero, por supuesto, destinado a los zapatos de la temporada anterior – añadió rápidamente.

¡Ah!- fue lo único que pude articular. Estaba demasiado cansada para ser ocurrente y, además, me importa un pito qué persona, animal o cosa ocupe el inmueble que he puesto en venta, con tal de que paguen el precio estipulado.

En ese caso- me atreví a sugerir – usted podría ocupar el dormitorio principal, que tiene el baño integrado, y a sus zapatos podría acomodarlos en las tres habitaciones adyacentes – Siempre elijo el ustedeo cuando quiero mantener distancias con un interlocutor que me resulta insufrible. Di por hecho que el aseo completo que también tiene mi piso no sería necesario para los inertes ocupantes. Y que tampoco importaría que en uno de los dormitorios no diera tanto la luz. Entonces caí en la cuenta de que mejor cuanto más oscuro fuese, pensando en zapatos de piel.

-¿De cuántos pares hablamos? – ya estaba lanzada y dispuesta a llegar al fondo del asunto. -Varios cientos- contestó el hurón sin inmutarse. Los compro de cuatro en cuatro. Cuando me gusta un modelo me lo llevo en varios colores. Los zapatos son muy importantes- dijo, y al momento añadió: también los bolsos.

Entonces supe que jamás compraría el piso. Si en los tres dormitorios instalaba a sus zapatos y ella ocupaba el dormitorio principal, ¿dónde demonios dormirían los bolsos?

La agente inmobiliario me miró y yo miré a la agente inmobiliario. Luego yo miré a la mujer de los zapatos y esta miró mis zapatillas lanudas de estar por casa. Si mis zapatillas hubieran tenido ojos hubieran mirado a su vez, desde el suelo, a la agente inmobilario para así cerrar el círculo. El intercambio de miradas puso punto y final a la visita. El piso estaba enseñado y no había más que añadir.

Al igual que hay hombres y mujeres a quienes repugna el aborto y otros (o los mismos) que juzgan un crimen abominable abandonar a un animal a su suerte, desprendiéndose de él sin miramientos, los hay también que, como la mujer que visitó mi piso el sábado pasado, van más allá de los lazos de afecto que unen a personas con personas y a estas con animales, quedando amarrados sin remedio por los “afectos colaterales” de la compra compulsiva y, lejos de dejar huérfanos de pies a su progenie, enriquecen, con  pionero proceder, los fines, la estructura y la evolución histórica de señeras instituciones como la familia.

¡Ay, si Alberto Closas levantara la cabeza!

 

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