Acrofobia

acrofobia
Dalí, “Cristo de San Juan de la Cruz”, 1951, Museo Kelvingrove, Glasgow, Reino Unido

Rectifico, Padre. Perdónalos, porque no saben lo que hacen, salvo al maldito pintor que me tiene de esta guisa y al miserable de Gestas, ladrón traicionero que aprovechó la intimidad de la crucifixión compartida para revelar mi secreto al centurión, quien lo enterró en una cápsula del tiempo que el histrión debió encontrar.

¡Aparta de mí este cáliz, pues no puedo soportarlo! He transigido con todo, pero hasta aquí hemos llegado. Reclamo mi suplicio habitual. Quiero mi tormento clásico, que todo el mundo conoce. Añoro mi corona de espinas puntiagudas, mi abundante melena empapada de sangre y sudor, los clavos herrumbrosos taladrando pies y manos, las llagas purulentas, las marcas del flagelo, la herida del costado.

El martirio vanguardista, sin sangrientos atributos, desdice siglos de historia. Estoy chapado a la antigua y sabes bien qué me ocurre. Heredé de mi madre este mal que me atenaza. No le hiciste ningún favor con librarla de la muerte. ¡Asunta al Cielo, qué ocurrencia! ¡Menudo trago, con pánico a las alturas! Pero tú no lo comprendes, porque eres el Altísimo. Colgado de la nada, floto en el éter y agonizo de terror.

Muero de vértigo.

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